Cuando mi bisabuela Candelaria Treviño Rivera enviudó, se convirtió en la Matrona de Guerrero, pueblo nacido a los alrededores de su Hacienda La Candelaria.
Crió a sus hijos muy estrictamente al grado de que todos ellos fueron personas reconocidas en la sociedad como gente ilustre. Ellos eran personas muy ricas. La familia tuvo al principio mucho ganado vacuno que aprovechó para industrializar la leche. Creó la primera cadena de cremerías que hubo en el país. Se llamaba La Ideal.
Manuel – hijo de Candelaria
Uno de los hijos de Candelaria, el General Manuel Pérez Treviño, egresado del Colegio Militar, fue Gobernador del Estado de Coahuila, Ministro de Guerra (hoy la Secretaría de la Defensa Nacional), después Ministro de Agricultura, Embajador en España en donde hizo historia que engrandeció a México por su eficiente ayuda a los españoles en sus tiempos difíciles con el franquismo. Más tarde, fue el primer Presidente del PNR (ahora PRI) y después de otros que ejercieron ese cargo, lo cubrió dos veces más.
Miguel – hijo de Candelaria
El matrimonio de mis abuelos Miguel Pérez Pérez (otro de los hijos de Candelaria) y María de Jesús Pérez Treviño tuvo seis hijos en el siguiente orden: Micaela (Lita), Jesús (Chuyín), Aurelio (Velo), Marina, Catalina (Talina) y Francisca (Panchita, mi madre).

Las siguientes fotografías fueron tomadas en 1914 en el rancho «El Indio» en los Estados Unidos, un lugar vacacional propiedad de Candelaria, como despedida de Miguel Pérez Pérez, quien se iba a la guerra con los carrancistas.


Mi madre fue la hija menor. ¡Sí que era Pérez! Sus apellidos eran Pérez Pérez por parte de padre y Pérez Treviño por parte de madre. Su registro decía Pérez y Pérez.
Como mi abuelo Miguel se fue a la Revolución con los carrancistas, fue muerto por los villistas cuando mi mamá tenía dos años. Unos pocos meses después de ese fallecimiento, murió su esposa, mi abuela María de Jesús. Así las cosas, mi madre no tuvo recuerdos de sus padres.
Mi tío abuelo Manuel Pérez Treviño – hijo de Candelaria

Dadas las circunstancias, todos los hijos de mis abuelos fueron amparados temporalmente por el hermano de mi abuelo (Manuel Pérez Treviño) quien se los llevó a vivir con él para luego regresar de la casa de su tío Manuel (siendo muy jóvenes todavía) al cuidado de su abuela Candelaria excepto mi madre que permaneció en casa del entonces General Manuel Pérez Treviño hasta su pubertad.
Debido a tal acontecimiento, en mi casa se le consideró a mi tío abuelo Manuel como «mi abuelo» pues fue quien realmente fungió como padre de Francisca (Panchita).
A mi abuelo todos le llamaban «General», hasta sus hijos, esposa, servidumbre y conocidos. Cuando yo tendría no más de cuatro o cinco años, lo conocí en su casa de Las Lomas de Chapultepec en la Ciudad de México porque me lo presentó mi padre y, en esa presentación, yo lo llamé «abuelo» ante el desconcierto de los familiares y servidumbre presentes. Entonces, él dijo muy solemnemente (yo no me acuerdo, mi padre me contó el acontecimiento años más tarde): «él tiene mi permiso para llamarme abuelo, ¡no faltaba más!»

Unos dos o tres años después de eso, el «abuelo Manuel» murió en su casa mientras estaba comiendo. Dicen que cayó su cara al plato debido a una apoplejía (no sé qué es eso). Y ahí quedó.
De su esposa María Esther poco sé pues mi tío, por sus responsabilidades, viajaba mucho y ella siempre le acompañaba.
Una de sus hijas, mayor que yo, era una mujer muy hermosa a quien le decían Muñeca y en la familia le llamaban Ñeca. Ella se llevaba muy bien con mi madre, eran muy buenas amigas.
Bueno, en la familia se contaba a muy discretamente que el entonces y sempiterno Secretario de la CTM Fidel Velázquez había estado en pláticas con él para lo que se acostumbraba a llamarse «el destape”. En aquellos tiempos Fidel era quien “destapaba al Candidato Presidencial”, es decir, en nombre del entonces poderoso gremio de trabajadores, gente que constituía la mayoría de los votantes, anunciaba quien era el candidato para contender en las elecciones de Presidente de la República por el partido.
Se platica que Manuel Pérez Treviño sucedería al General Manuel Ávila Camacho como Presidente de México. Pero su inesperada muerte ocasionó que en su lugar Fidel “destapara” a Miguel Alemán Valdez, primer civil que ocupara el cargo después de los militares Cárdenas y Ávila.
Mis tíos, los hermanos de mi madre.
Ahora regreso con el tema de los hermanos de mi Mami. Brevemente anoto casi todo de lo que me acuerdo.
Micaela (Lita)
Micaela, la mayor y la única que murió joven y a quien yo no conocí, se casó con Tomás Flores, del mismo apellido de nosotros, pero no era pariente. Tuvieron un hijo, Miguel Flores Pérez.
Micaela, su madre, con el nombre en femenino de su padre Miguel murió joven y Tomás, entonces también joven, al poco tiempo se volvió a casar lo que disgustó a su hijo y fue razón suficiente para que él decidiera huir de su casa y se fue a casa de su tía más querida que era Francisca, mi Madre, y un día apareció, maleta en mano, en mi casa de las calles de Granate.
Mi padre lo inquirió y no conforme con los argumentos de Miguel, se lo llevó de regreso a Piedras Negras a entregárselo a su padre. En pláticas con Tomás, mi Padre le dijo que nosotros estaríamos encantados de recibir en nuestra casa a Miguel, pero no de huida ni sin permiso de su padre. Si Tomás le daba el permiso, mi Padre se lo llevaría de regreso a nuestra casa. Papá me dijo que Tomás le preguntó a Miguel si él quería ir a vivir con nosotros a lo que él asintió lloroso. Entonces Tomás, su padre, con lágrimas en los ojos le dio el permiso y su bendición.

Tuve muchas aventuras con él y lo quise mucho. Vivió en Orizaba, Veracruz, en donde fue un hombre notable, Secretario General del Sindicato del IMSS y un Médico muy prestigiado.
Papá regresó a casa con Miguel quien desde ese tiempo de muchacho de prepa hasta que se casó, vivió en casa como mi hermano mayor. Estudió Medicina en la UNAM, se recibió y se casó con Genoveva, con quien tuvo tres hijos, Genoveva, Marina (Pico) y Miguel.
Jesús (Chuy)
Mi tío Jesús, fue el segundo de los hermanos de mi madre y el hombre mayor de sus hermanos. Era egresado de algún colegio militar del que no tengo datos. Se casó muy joven con una mujer bellísima, según relatos de mi Madre.
Contaba Mamá que un día estando los hermanos en la sala de la casa de Chuy (así le decíamos a mi tío Jesús) pues iban por algún triste suceso familiar, le aseguraron que su esposa le era infiel. Él montó en cólera y tomó su espadín de cadete que estaba de adorno en la sala. Inmediatamente las hermanas lo abrazaron para impedir que atacara a su mujer que estaba en la habitación contigua. En el forcejeo en el que él se estaba imponiendo, mi Madre le gritó «¡Chuy, me cortaste!» lo que no era verdad, pero en él acto el soltó el espadín y la mujer salió corriendo de la casa. Fin de lo que me acuerdo de ese relato.
Con el tiempo supe que dicha primera esposa del tío Chuy desapareció en los Estados Unidos de América con sus dos hijos, una mujer y Miguel Ángel. Años después, Chuy se casó con Irene y tuvieron seis hijos.
El mayor, mi primo hermano, nosotros los primos le decíamos Chuyín.
El segundo de ellos, Evaristo, fue un tipo revoltoso. Fungió en la Ciudad de México durante un largo tiempo como Secretario General del Sindicato de Trabajadores de la UNAM, entidad muy poderosa políticamente en el ámbito nacional. Para quitárselo de encima el entonces Presidente del país, Echeverría, le dio algunas prebendas en Ciudad Acuña a donde se fue a vivir en la política y con su cargo de Presidente del Partido Comunista.
Mi tío Chuy merece un párrafo aparte en mis memorias, porque fue un hombre notable. Ya lo contaré.

Aurelio (Velo)
El tercer hermano de mi Mami era mi tío Aurelio, un hombre amoroso querido por toda la familia, pero era de una conducta no mala pero desastrosa, por sus travesuras e inquietudes.
Cuentan que, cuando vivía en casa de su abuela Candelaria, uno de los mozos le dijo – «niño Velo, tengo un catarro que me trae muy mal, por favor, dígame que hago para sanar». Velo, sin detener sus pasos le dijo – «compra dos frascos de Mentolato, uno te lo comes y el otro de lo untas en todo el cuerpo». Y se fue.
Al día siguiente el mozo le contaba a todo quien podía la receta milagrosa que le dio el niño Velo, pues había sanado por completo. De eso nos reímos siempre que se cuenta pues sabíamos cómo era el tío Velo.
Yo digo que, con esa clase de bromas pesadas, Velo podría haber causado mucho mal. Aún así, me causa gracia.
Otro día, en la cantina hizo una apuesta diciendo que él era capaz de apagar las luces del local a balazos. Se apostó, tiró varios balazos, vino la policía y se lo llevaron a la cárcel de dónde saló al tercer día. Llegando a casa Doña Candelaria le preguntó – «pues ¿dónde andabas, niño del demonio?» A lo que él contestó, «¡ay! abue, me tenían alzao«. Así era él.
Y supe otras cosas de mi tío Velo.
Él se casó con Rosita, mi tía, que era una mujer encantadora y muy amorosa. Solía hablarme de su esposo como “mi viejito”. Esa pareja tuvo dos hijos, María Teresa, un año mayor que yo, y Rubén, quien adquirió la forma de ser de su padre, luego, adoptaron una pequeña niña, hija de una hermana de Rosita, quien murió.

Marina y Catalina (Talina)
La siguiente hermana se llamó Marina. Ella se casó con el Profesor Marcial Ruiz Vargas y la pareja tuvo cuatro hijos, Ricardo, con quien yo tuve una larga y entrañable amistad, María de Jesús, Marcial y Marina.
La siguiente hermana Catalina, por todos conocida como Talina, Se casó con Antonio Hernández, mi tío Toño, y tuvieron seis hijos. Sólo me acuerdo de la mayor, llamada Rosantina, que se convirtió en una mujer muy hermosa. No tuve muchos tratos con esa familia porque se fueron a vivir a Torreón, lugar al que yo no visité. Una vez fue toda la familia a visitarnos a mi casa de Granate.
Tómese en cuenta de que los hogares de mis tíos, excepto el de Toño, eran la residencia de mis vacaciones y «fechorías«.

Francisca (Panchita)
Nació el 3 de octubre (día de San Francisco Borja, razón por la cual fue llamada así) del año 1912 en la Hacienda de la Candelaria. En su pubertad, Mamá se fue a vivir con el resto de sus hermanos solteros a casa de su abuela Candelaria quien entonces vivía en Piedras Negras. La abuela Candelaria tenía casa en varios lugares incluida la principal Hacienda de la cual ya hemos comentado.


En un baile en Guerrero, Mamá vio por primera vez a mi padre. Ella tenía 14 años y, de acuerdo a la usanza de aquellos tiempos, aún no tenía permiso para bailar, razón por la cual mi bisabuela Candelaria rechazó la invitación que le hizo mi padre (de 18 años) a mi madre. Pero él entabló una amistosa plática con mi bisabuela lo que le favoreció mucho en su muy próxima relación con mamá.
Con el tiempo, mi padre se hizo querer mucho de mi bisabuela, abuela de mi Madre, en cuya casa vivió mi Mami hasta que se casó.
Mamá me contaba que la primera vez que vio a mi padre le pareció un fulano detestable. Pero cae más pronto un hablador que un cojo y el noviazgo de Panchita, así le decían a Mamá, con mi padre Enrique fue muy bien visto y apoyado por mi bisabuela Doña Candelaria. Duró desde sus 17 años hasta los 21 en que se casó con Papá el 9 de abril del año 1933, en Piedras. Papá tenía entonces 24 años.


Cabe en este momento hacer mi declaración enfáticamente conmovedora, porque yo lo viví, que mis padres se tuvieron, por todo el tiempo en que los conocí, un amor ejemplar y envidiable.
Pues bien, el día de su boda fue el domingo de Ramos previo a semana santa que constituían las vacaciones de mi padre, que era un empleado del gobierno federal.
De viaje de luna de miel salieron ese día del templo a San Antonio, Tejas, que en aquel tiempo era el viaje de lujo de los lugareños.
Me contó mi mami que, al regreso de su viaje de bodas, ella se quedó en casa mientras su esposo se fue a trabajar, pero, como niña popis que era, nunca se había metido a la cocina y ese día habría que preparar la comida al regreso de mi padre (no se había percatado de ello hasta ese momento). Así que, llorosa, corrió a casa de la abuela quien le ordenó a su cocinero que fuera con mi Madre a su casa y le enseñara a cocinar. Esas lecciones duraron algún tiempo en el que Mamá superó su ignorancia culinaria, cuando menos adquiriendo los principios básicos como cocinar unos huevos, hacer tortillas de harina de trigo (típicamente norteñas), preparar arroz o frijoles. Dicho sea de paso, mi madre nunca fue una cocinera de postín. Sus comidas eran suculentas para mí, pero siempre fueron muy sencillas. Los platillos de lujo de la casa eran dos: la fritada (una especie de mole aguado con cabrito nonato) y los deliciosos tamales norteños pequeñitos, pero sabrosísimos, sobre todo los recalentados al día siguiente.

En el transcurso de mis memorias, el lector se percatará de la hermosa relación que se creó entre mi Mami y yo durante toda su vida. Fue algo que podría calificar, sin pecar de hereje, como divino.
