
Esto es continuación del relato Escuela Pública Fernando Best para mejor referencia de cómo es que llegué al Colegio Moderno Franco Mexicano, de mis felices y hermosos sueños.
Éste es el relato…
Como era “el nuevo” del salón, el Prefecto Langle (un encargado de la disciplina y Profesor suplente en ausencias de Maestros, me presentó al Profesor Amado Pérez y al alumnado. Como no tenía uniforme ni pupitre me sentaron en la tarima donde estaba el escritorio del Profesor, dando frente al alumnado.
¡Qué gratísima imagen percibí sorpresivamente! ¿Cómo era posible que existiera una escuela así? Alumnos tan aseados, bien vestidos y peinados. Todos uniformados y sentados en bellísimos pupitres con puerta horizontal para guardar, en la caja que ésta tapaba, sus hermosos libros y cuadernos. Con tintero y portaplumas. ¡Y el Profesor! con traje, chaleco, leontina dorada y corbata ocupando un bonito escritorio a cuyo respaldo clavado en la pared había un pizarrón ¡verde!
¡Estaba embelesado!
Salimos a recreo en un patio de piso de cemento en medio de pasillos con piso de cerámica color miel en arcadas en cuyo fondo había tres salones de cada lado y oficinas en la cabecera, frente al pasillo de cuyo techo pendía una campana con badajo controlado por un cordón azul.
El final del patio hacía una T con el resto. Después me enteré de que le llamaban “El Martillo”.
Terminada la clase del día, me fui a casa cruzando el terreno baldío que separaba las colonias Aragón (en donde estaba la escuela) y la Estrella (en donde estaba mi casa).

Llegué a ella ¡entusiasmadísimo! y no paraba de hablar de mi nueva escuela.
Ante mi sorpresa, en mi recamarita estaba mi uniforme escolar. Pantalón gris con vivo azul y suéter azul con una franja blanca en el brazo izquierdo y el escudo del colegio cosido al frente.
Al día siguiente, me fui solo a la escuela. Fui el primero en llegar. Conocí entonces a Miranda, mi condiscípulo que vivía en la escuela porque su papá era el Mozo. Miranda me llevó al patio y me explicó que todos los días, antes de empezar las clases (a las ocho y media de la mañana) se formaban en hilera cada uno de los seis grupos escolares del Colegio – que eran del primero al sexto grados – a recibir el aviso cotidiano del Director Gallegos y, al toque de campana, cada grupo se iba a su salón. Así que, en un pequeño rato, aquel tranquilo patio se llenó con cerca de ruidosos doscientos muchachos uniformados, en sendos seis files. Y, tras el aviso del Dire y el campanazo, nos fuimos al salón, en donde se me asignó lugar junto a Padilla en la segunda hilera de la segunda fila de las cuatro que había. Y empezaron las clases con Aritmética que tomé con gran gusto pues era la primera vez en mi vida que una escuela me enseñaba algo.
En la hora prevista salimos al recreo en cuyo espacio sucedió algo que jamás olvidaré.
Jesús Herrera Moro era el bravucón del grupo. Chucho (así le decían) ni tardo ni perezoso decidió darle la bienvenida al “nuevo” retándolo a pelear.
Contesté su reto diciéndole que yo no quería pelear, mucho menos pegarle. Mientras yo me acordaba con tristeza de lo sucedido en la Escuela Fernando Best, Chucho se envalentonaba y empezó a levantar la voz, lo que llamó la atención del Prefecto Langle, quien se acercó y preguntó que si queríamos pelear. Chucho dijo que sí y yo le dije que no. Me contestó que no tuviera miedo porque la pelea era con reglas y frente a él y forzosamente debería terminar estrechando las manos los contendientes haciendo la promesa de que jamás volverían a pelear. Así que «no tengas miedo», me dijo. Yo le contesté que no tenía miedo, que lo que no quería era lastimarlo. «Tu pégale», me dijo el prefecto con jacarandosa voz y nos llevó a una equina lejana del martillo en donde una larga escalera de mano fue colocada acostada lateralmente en el piso y se completó la formación del ring con un enorme grupo de los muchachos del recreo que eran los de cuarto, quinto y sexto grados.
El Prefecto Langle se puso dentro del ring y nos dijo «¡éntrenle!»
Cuando Chucho me tiró los primeros golpes inútiles porque no me tocaron cara ni cuerpo, yo entendí que no era muy diestro en el asunto, así que decidí parar el pleito y le lancé uno de mis mejores golpes a la mandíbula lo que hizo que Chucho cayera y le dije lo mas cercano que pude: «Chucho, no te levantes» (porque sabía que lo iba a lastimar ¡yo venía de una escuela donde aprendí a pelear!), pero Chucho se levantó y reanudó su tonto manoteo.
Le volví a pegar y volvió a caer. Entonces Langle se acercó y le dijo «Chucho, ¡no te levantes!» ( esto se convirtió en un recuerdo que me ocasiona risa).
Acabó el pleito, nos dimos la mano, se fue al baño y yo a clase.
Terminamos siendo buenos amigos.

(Le pinté ojos al profesor porque los había cerrado)