Fui a cumplir cuatro años en la casa hogareña que instalaron mis padres en la Ciudad de Querétaro.
Al costado principal del jardín- en cuyo frente estaba mi casa – había un cuartel que era de mi admiración. Estaba frente al jardín de mi solaz y mil aventuras.
Cuanta mañana podía, me iba a sentar en el quicio de la puerta peatonal del gran portón vehicular de mi casona para oír la diana y el saludo de honor al izar la bandera cuya asta estaba al centro del frente en la azotea del cuartel.
En una esquina de la aún no construida banqueta, descubrí el barro. Mis amigos y yo elaboramos canicas y pseudo ollitas. Era algo muy atractivo, pero a mi mamá no le agradaba mucho el grado de ensuciamiento de cuerpo y ropa consecuentes.

Recuerdo que un amiguito vecino, tenía una bicicleta con adornos de lámina en los costados que simulaban una motocicleta. Contaba con dos ruedecitas laterales en su llanta trasera para soporte del usuario. Yo la usaba tanto en el jardín que aprendí a transitar en ella sin que las ruedecitas auxiliares tocaran el piso.
Asistía yo al kínder en una escuelita muy cercana. Medio recuerdo dos cosas de esa estancia.
La primera es que estaba yo trepado en una higuera ubicada en el centro del patio (creo que debía haber sido un árbol muy pequeño), y mi madre platicaba con la Maestra a la vista de flores de calabaza plantadas como enredadera en una de las paredes del patio diciendo que las flores se preparaban en un peculiar platillo. Yo entendí entonces que dichas flores eran comestibles.
Cuando ambas damas se salieron del patio, yo bajé de la higuera, me comí las flores de calabaza y me volví a trepar.
Cuando mi madre volvió por mí, se percató lo que había pasado en su ausencia y, alarmada (creo, no me acuerdo), me llevó al Médico. La verdad es que no me pasó nada. La enredadera era rala y habrá tenido unas cuatro florecitas. Sin embargo, siempre nos reímos de lo inesperado de mis ocurrencias.

La segunda es que en ese Kínder nos enseñaron a bailar para la fiesta de fin de año.
En uno de los salones, estaban pintados en el piso los lugares que debíamos usar y transitar para tal baile el cual se llevó a cabo en el Teatro de la República (el mismo de la hechura de la Carta Constitutiva de febrero de 1917).
El bailable en el que participé fue de tal manera exitoso que el público aplaudió para que lo repitiéramos. Terminé el acto de repetición cansado y sudando cuando el público de pie exigía repetirlo nuevamente. En ese acto, mi padre se levantó de su asiento, subió al escenario, me cargó y gritó a la audiencia “¡si no es su diversión, hijos de …!” y me llevó a su asiento.
De estas historias, mi madre y yo nos reíamos ampliamente de las ocurrencias tanto mías como de mi padre cada vez que ella me lo platicaba.

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