Esto enseguida fue en los tiempos en que vivíamos en Pachuca, a mis tres años de edad.

Mi padre me llevaba al Cerro del Hiloche. Allá le decían Liloche. Me ponían un overol y yo caminaba junto con él una cuadra a la salida de casa, me cansaba y, entonces, me llevaba cargando hasta la cima del cerro y de regreso.

Mi padre y yo preparados para subir el Cerro Hiloche (1937)

Cuando llegábamos arriba del cerro, mi padre disparaba su pistola para que mi madre supiera de nosotros. Ella sabía que habíamos llegado a la cima.

En un acantilado del que se contempla la Ciudad, había una gran cañada en cuya mitad existía un tejabán de resguardo de senderistas. En ese tejabán tomamos refugio en una tormenta y aprendí a amar a los rayos y su estruendoso sonido. MI padre se entusiasmaba con el intenso ruido y me hizo apreciarlo.

Cuando alguno de los rayos caía en ese acantilado, el eco del trueno pasaba raudo por la cañada, estremecía el tejabán y se perdía en el abismo. Imponentemente hermoso.

Cerro del Hiloche