Las anécdotas sucedidas en mi vida entre los primeros años y tal vez hasta los cinco o seis están mezcladas entre lo que creo acordarme de que viví y lo que oí muy constantemente sobre mis actividades de las pláticas de mis padres con los familiares y amigos.

Recuerdo que esas narraciones las hacían con lo que a mí me parece un gusto y un énfasis exagerados. Tal vez exceso de amor o curiosidad por los líos y enredos que causaba mi comportamiento de niño que tenía una muy acentuada admiración de lo que estaba a mi alrededor y una infatigable curiosidad.

En Piedras Negras, igual que yo (incluso en la misma casa), nació mi hermana Estela Alicia un 28 de mayo de 1935, año y medio después de mí.

A la izquierda yo y Estela Alicia a la derecha

Cumplí tres años en la Cuidad de Pachuca, Hidalgo. «La Airosa», le llamaban.

Ahí nació (en 1936) y murió siendo una bebé (de un mes, aproximadamente) mi segunda hermana Elisa Francisca. Yace en el Panteón Municipal.

De los pocos recuerdos que de ahí tuve es que descubrí la noche. Mis padres eran muy paseadores. Cubrían la ventana de mi recámara, decían que era hora de dormir, me llevaban a la cama, me dormía y ellos se iban al cine o al baile o a pasear. Y es por eso que yo no veía lo que sucedía detrás de la cortina. Para mí era de día allá afuera y se oscurecía la habitación con la cortina.

Entonces, por primera vez fui al Cine. Estaba de moda la película Blanca Nieves de Walt Disney. Me cuentan que fui la atracción de los vecinos de asiento porque me ocultaba bajo el respaldo del asiento delantero cuando aparecía la bruja y pedía que me avisaran cuando ya no estaba para seguir embobado la trama.

A la salida del cine descubrí la noche y armé tal algarabía porque me fui lleno de estupor al contemplar luna y estrellas a media calle con mi padre deteniendo los escasos vehículos que ahí había.