Un día de tantos (aún estando en la escuela Fernando Best), sucedió algo de lo más agradable en mi vida.

Estando en el recreo, recordé que, al fondo – allá muy lejos del terregoso patio- había una casita o edificación y decidí ir a investigar.

Me encontré con un cuarto que en la entrada tenía un letrero que decía «Biblioteca Fernando Best».

– «¿Biblioteca? ¿qué es eso?»

Entré y había dos mujeres en una estancia llenísima de libros.

¡Nunca había visto tantos en un solo lugar! Me recibieron con inusitado gusto. Después me percaté de que lo hacían porque no tenían visitantes.

Les pregunté que de qué se trataba el lugar y me explicaron detalladamente ante mi asombro de que tales cosas existieran.

Les pregunté que si yo pudiera leer un libro. Me preguntaron si sabía leer.

Tomé uno cercano que, por cierto era «Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino» de Julio Verne y les leí fluidamente algo que no entendí porque decía Prefacio y ¡sabrá Dios que era eso!

Me dijeron que conque yo diera mi credencial de la escuela me lo prestarían.

– «Credencial, ¿qué es eso?»

No sé por qué mi respuesta les causó tanta risa, pero me dijeron que me prestarían un libro si yo me comprometía a devolverlo en una semana a lo que yo asentí gustoso.

Ante mi asombro, me dieron un libro y un papel para que en él pusiera mi nombre. Salí de ahí muy ufano y asombrado ante tal descubrimiento.

Fui a mi casa a contar lo sucedido ante el regocijo de mis padres. Les mostré el libro «Platero y Yo» que devoré, devolví y me traje otro. Y así, por un buen tiempo.