Esto comenzó alrededor de marzo-abril de 1941 cuando tenía 7 años de edad.

Tal vez no es lo primero en tiempo, pero traigo a la memoria que estábamos rentando la casa de Granate (en la Ciudad de México) en sesenta pesos mensuales. Un señor Campos venía mensualmente a cobrar. Me acuerdo porque me angustiaba que mamá le decía que pasara otro día por la renta porque papá no le había dejado el dinero y eso era repetitivo.

No había ido a escuela alguna fuera del kínder de Querétaro. Cuando era tiempo de ir a la educación Primaria, mi padre decidió llevarme a una escuela “de gobierno” a lo cual mi madre se opuso. Mi padre era un Cardenista, Masón e izquierdista de corazón y mi madre aristócrata y católica practicante.

Ganó mamá y me mandaron al Colegio Franco Inglés de medio turno donde también comía.

Eso no duró porque sospecho porque no hubo dinero para financiar tal gusto de ricos.

Así que fui enviado a la escuela pública Fernando Best, en la Colonia Aragón de la Ciudad de México, colindante al sur de la entonces llamada Villa de Guadalupe y ubicada en la vecindad de la Colonia Estrella en donde se había establecido mi hogar (ver La Colonia Estrella).

Finalmente, salí jubiloso a mi primer día de escuela. Mi madre me llevó de la mano. Iba bien desayunado, con una hermosa mochila nueva, en mi traje de pantalón corto y chaleco de terciopelo negros; con camisa blanca, amplio moño de corbata, mis zapatos negros de charol y calcetas altas hasta abajo de la rodilla.

El lector se puede imaginar el estupor que causó mi llegada a la Escuela pública «Prof. Fernando Best» cuyos alumnos, en su mayoría, no habían desayunado, iban descalzos y vestidos de tela de manta blanca con una mochila parecida a un saquito pendiente del hombro con un cordón.

Causé notoria conmoción que no pareció importarle a mamá. Me dio instrucciones de cómo volver a casa al terminar las clases y se fue.

La clase fue para mí algo insulsa e inútil. Les estaban enseñando el «a, e, i, o, u» muy lentamente y parecía que el Maestro, que lo hacía con entusiasmo, le hablaba al alumnado en un idioma que ellos no entendían o no les interesaba. Era desesperante esto que pasaba frente a mí porque, para esos tiempos, yo ya leía libros de corrido y sin errores.

Pero eso no fue lo interesante. Lo que pasó en el recreo, sí: transformó mi vida.

En efecto, salimos a recreo a una especie de patio terregoso, sin pavimento y con mucho polvo en donde había unos desvencijados columpios, una inusable resbaladilla y un aparato para girar colgados en el que pretendí asirme para jugar, pero me lo impidió un alumno que, sin mediar palabra me asestó unos golpes hasta dejarme tirado en el suelo polvoso, ante la alegre complacencia de los demás compañeros que reían alborozados.

Ahí permanecí estupefacto, sin saber el porqué de lo sucedido hasta la hora que nos llamaron a clase. Nunca nadie me había golpeado. Yo no sabía lo que era una pelea y por supuesto que no sabía ni pegar ni defenderme.

Terminó la clase del día y me fui a casa, nariz sangrada y con ropa revolcada. Al llegar, mi madre se alarmó y traté de tranquilizarla mintiendo que me había caído. No se si me creyó, pero al día siguiente me vistió menos ostentosamente y me mandó a la Escuela.

Iba sin miedo, pero con reticencia. En el recreo sucedió lo mismo que el día anterior, pero quien me pegó fue un alumno diferente. Ya no sangré, pero me molió. Los demás días fueron muy parecidos, sin embargo, por ahí de la segunda semana apareció el milagro.

En efecto, las golpizas se repetían, pero el golpeador era diferente cada día. Supongo que así lo habían acordado. Sucedió entonces lo que había de suceder. Primero, el golpeado aprendió a defenderse y, después, a atacar con tal enjundia y entusiasmo que de golpeado se convirtió en golpeador, pero no sólo eso: el deportito me gustó ¡era bueno peleando! y le rompí la nariz a cuantos se me antojó convirtiéndome en el terror del salón.

Ante tal circunstancia, el Maestro decidió deshacerse de mí argumentando que yo ya sabía leer y me pasaron al siguiente grado. Ya habían pasado casi dos años de mi -entonces, sí- feliz estancia en esa escuela.

Cumplí diez años sin dejar de ser el azote de mis condiscípulos y ante la inquietud de mis maestros que no me podían enseñar nada que yo no supiera.

Un Maestro Gómez me pasó al cuarto año de primaria. Cuando le conté a mi padre eso, él se disgustó y fue a hablar con el Maestro Gómez sin mi presencia. Luego supe que tal Maestro primero exigió que me sacaran de la escuela, pero mi padre no sabía de exigencias así que luego suplicó y consiguió que le quitaran «el tormento» (o sea yo) y lo consiguió. Me corrieron de la escuela.

Debido a eso, mi madre exhibió su triunfo y me llevaron, a los diez años, a una escuela de niños popis al cuarto año de primaria. Entré al Colegio Franco Mexicano de mis felices y hermosos recuerdos. Aunque esa es otra historia…

Dato curioso: ¿quién fue Fernando Best? BIOGRAFÍA DE FERNANDO BEST

Su genealogía aquí: GENEALOGÍA FERNANDO BEST: árbol, ficha y cronología