Cuernavaca, tiempo después de la aventura en el Casino de la Selva.

Andando el tiempo, mamá quedó embarazada. Eran mis hermanas mellizas.

Me contaron mis nanas que la Doctora que atendía al embarazo de mi madre anunció que estaba a punto de entrar en trabajo de parto y declaró no sentirse hábil para el suceso. Mi padre subió a mamá al automóvil y yo lo seguí.

En ese tiempo estaban en casa vacacionando mi abuela Genoveva y su mamá «Mamá Severita» quienes se quedaron en cargo de la casa.

Lo que enseguida pasó escapa a mi memoria.

Se reinician mis recuerdos cuando yo andaba vagando por los pasillos – con paredes de mosaico verde – de un hospital ubicado en el Paseo de la Reforma frente al Ángel de la Independencia.

Entré a cuarto muy lujoso en donde estaban platicando mamá y papá sobre el nombre que les pondrían a mis dos hermanas recién nacidas.

Mi padre, por condescendiente, me preguntó qué nombre le pondría a la primera y contesté muy rápidamente y sin titubeos: María Elena, que era el nombre de una muy querida amiguita de Piedras Negras, lo que a mis padres les pareció muy buena idea.

«¿Y a la segunda?» dijo mi madre. Después de un rato mi padre respondió: también María, pero del Ángel (estábamos frente al Ángel de la Independencia). Mamá respondió se llamará María de los Ángeles. Y así se llamaron.

Regresamos a casa. Aquello cambió en serio. Todo era “las gemelas”, los tendederos hicieron a un lado el arenero de mi hermana Estela y mío y se atiborraron de trapos -tómese en consideración que aún no existían los pañales desechables. La comida y sus costumbres cambiaron, pero no para mejorar.

Mi hermana Estela y yo

Mi lugar en la casa cambió para acompañar a Lorenzo, de quien aprendí a ser mañoso.

Para compensar mi malestar, mi padre me trajo a regalar unos mocasines. No me los quise poner porque, no teniendo agujetas, argüí que eran de mujer. Entonces, mi padre me dijo que me llevaría al Popocatépetl para que los usara ahí. «Son de mujer, no los quiero», insistí y jamás me los puse.