Cuernavaca, en los tiempos de Lorenzo, por ahí de 1938, tal vez un poco después.

Vivíamos en lo que era la orilla de la Ciudad, frente al Casino de la Selva y a un paraje selvático en donde una vez me atacaron unas hormigas que me dejaron con picaduras como santocristo. No me las pude quitar hasta que me ayudaron cuando llegué a casa. Me había ido a ese paraje de la selva en mi caballo sin que Lorenzo se diera cuenta de que me había salido de la casa. Me bajé del caballo, el caballo se fue solo (regresó a la casa que estaba muy cerca, por cierto) y es la razón por la cual las hormigas selváticas se me subieron por todo el cuerpo. Así que tuve que correr lleno de hormigas.

A mi padre le encantaba ir al tal Casino de la Selva. Le gustaba mucho nadar así que, a cada rato lo acompañábamos y mi madre y yo muy frecuentemente estábamos en el comedor al lado de la alberca.

Cada vez, mi padre subía al trampolín de 10 metros y se tiraba clavados a la alberca. Al salir, le preguntaba a mamá: «¿cómo caí?». Ella le decía: «abriste los pies al caer» u otra cosa para corregir el clavado y mi padre, ni tardo ni perezoso, volvía al trampolín y así, sucesivamente, mientras mamá y yo nos tomábamos un helado de todísimos mis gustos.

Para lo que sigue, hay que tomar en consideración que mi madre era una mujer muy bella y mi padre sumamente celoso de ella (injustificadamente celoso porque mi madre era una mujer muy bien portada):

Un día, de tantos iguales a esos, se acercó un galán a tatar de hace plática con mi madre con tan mala suerte para él que sucedió en el momento en que mi padre salía de la alberca para dirigirse a mamá. Como ya mencioné, papá era muy celoso y le encantaba darle sus moquetes a los alebrestados. Así que, sin mediar palabras, golpeó al galán, otro salió en su defensa y un tercero en la de mi padre y empezaron golpes y sillas a volar.

Mamá y yo nos pusimos bajo la mesa y ella me abrazó. Yo no solté mi helado. Mi preocupación era que, en el disturbio, me fueran a tirar el helado del cono. Todavía recuerdo que era sabor mamey.

Llegaron los de seguridad del Casino y aquello se paró. Mamá y yo corrimos a la casa que estaba frente al Casino, calle de por medio. Ella asustada y yo con helado.