En Guerrero pasé vacaciones escolares de mi educación primaria. Varias veces. No las pasé en la Hacienda. Las pasé con la familia de mis Tíos Bisabuelos paternos Alejo, eterno Presidente Municipal, y Sotera, padres de dieciséis hijos, dos mujeres y catorce hombres.

El mayor, Rosendo (cuando yo vacacionaba era el único casado) era mayor que mi padre y, de los otros trece, los dos más pequeños uno, Poncho, era de mi edad y la otra, Rosalía, menor que yo.

Uno de ellos se mató accidentalmente de un balazo en la frente disparado por él en un frontón. Lo digo porque quiero hacer notar que esos hijos de Alejo y Sotera eran mis tíos abuelos. Así de grandes eran las familias de aquellos tiempos.

Para mí esos tiempos fueron épicos. Recuerdo los desayunos de dieciséis personas en cuyo acto todos participábamos en una enorme estancia con una gigantesca mesa, unos haciendo tortillas de harina de trigo, otros huevos y chorizo y trayendo leche del establo de la casa.

A mí me tocaba el muy honroso trabajo de traer los huevos puestos por gallinas sin gallinero lo que me hacía recogerlos en las trojes, corrales y patios. Conseguía como cincuenta huevos en una enorme canasta.

Era notable que, al acabar el rapidísimo desayuno, todos colaboraban a dejar lavados los trastes e impecablemente limpios y arreglados comedor y cocina.

Me causaba admiración ver a algunos de ellos lavando trastes con pistola al cinto.

De ahí se iban a trabajar a varios ranchos propiedad de la familia.

Cuando yo era invitado por alguno de ellos iba gustosísimo pues ese ir y venir era toda una aventura para un citadino de la Ciudad de México (en ese entonces, mi hogar allá estaba). ¡Hay muchos recuerdos de tantas cosas que ahí me pasaron!